dissabte, 24 de desembre del 2011

Voyerismo


A veces, muchas veces quizás, algunas de nuestras características físicas determinan nuestra personalidad, nuestras neuras, nuestra especificidad. Puede ser que éste sea mi caso en el caso y valga la redundancia, que me ocupa, pues mis genes me llevaron a ser estrábica con sólo tres años. Así es, yo fuí una de esas niñas que tuvieron que pasar por todo el calvario de llevar gafas primero y de usar después aquellos parches horribles de color carne (ahora lo llamaríamos color nude), un día en el ojo izquierdo y al siguiente en el ojo derecho. Y así sucesivamente hasta que mi oftalmólogo, vaya desde aquí mi saludo al Dr. Rodríguez de la clínica Barraquer, decidió que aquello no era más que un parche (no sé de qué color) y que no avanzábamos nada, que la niña seguía girando el ojo y que continuaba viendo el mundo doble cada vez que se desnudaba de su pequeña armadura ojeril. Así que el fantástico doctor me operó y empecé (o volví) a ver cada cosa en su sitio.

A lo que íba: estoy desarrollando la teoría de que fué mi estrabismo el que configuró mi posterior voyerismo, el de ahora. Me reconozco como alguien que disfruta tremendamente observando. Me gusta mirar el mundo, mirar, mirar y mirar. Observarlo todo, analizar los detalles, dejar que fluya, a través de mis ojos, el estímulo visual entero, un estímulo que intuyo que pocas veces se para en el cerebro, más bien diría que lo pasa de largo para entrar directamente por la vena hasta el alma, lugar donde se crea el chispazo, esa pseudo-descarga eléctrica que representa para mí la experiencia de observar.

Labios que se mueven, escaparates llenos, escaparates vacíos, objetos de colores, entrecejos en movimiento, dedos gordos, pantallas de ordenador, fotografías en blanco y negro, espejos, hileras de luces colgando de los balcones, revistas, culos que caminan delante mío, zapatos monos, baldosas en el suelo, cielos encapotados, conductores en los atascos, películas, el humo de un cigarro, carteles luminosos, gatos negros que se cruzan en mi camino, semáforos, árboles solitarios, tortillas de patatas, castañas en otoño, hombres y mujeres, donuts pequeños de chocolate.

Así que no te extrañe, que a veces, cuando estés conmigo, parezca que no te escuche. Quizás sólo te esté mirando.

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