A veces, muchas veces quizás,
algunas de nuestras características físicas determinan nuestra personalidad,
nuestras neuras, nuestra especificidad. Puede ser que éste sea mi caso en el
caso y valga la redundancia, que me ocupa, pues mis genes me llevaron a ser
estrábica con sólo tres años. Así es, yo fuí una de esas niñas que tuvieron que
pasar por todo el calvario de llevar gafas primero y de usar después aquellos
parches horribles de color carne (ahora lo llamaríamos color nude), un día en
el ojo izquierdo y al siguiente en el ojo derecho. Y así sucesivamente hasta
que mi oftalmólogo, vaya desde aquí mi saludo al Dr. Rodríguez de la clínica
Barraquer, decidió que aquello no era más que un parche (no sé de qué color) y
que no avanzábamos nada, que la niña seguía girando el ojo y que continuaba
viendo el mundo doble cada vez que se desnudaba de su pequeña armadura ojeril.
Así que el fantástico doctor me operó y empecé (o volví) a ver cada cosa en su
sitio.
A lo que íba: estoy desarrollando
la teoría de que fué mi estrabismo el que configuró mi posterior voyerismo, el
de ahora. Me reconozco como alguien que disfruta tremendamente observando. Me
gusta mirar el mundo, mirar, mirar y mirar. Observarlo todo, analizar los
detalles, dejar que fluya, a través de mis ojos, el estímulo visual entero, un
estímulo que intuyo que pocas veces se para en el cerebro, más bien diría que
lo pasa de largo para entrar directamente por la vena hasta el alma, lugar
donde se crea el chispazo, esa pseudo-descarga eléctrica que representa para mí
la experiencia de observar.
Labios que se mueven, escaparates
llenos, escaparates vacíos, objetos de colores, entrecejos en movimiento, dedos
gordos, pantallas de ordenador, fotografías en blanco y negro, espejos, hileras
de luces colgando de los balcones, revistas, culos que caminan delante mío,
zapatos monos, baldosas en el suelo, cielos encapotados, conductores en los
atascos, películas, el humo de un cigarro, carteles luminosos, gatos negros que
se cruzan en mi camino, semáforos, árboles solitarios, tortillas de patatas,
castañas en otoño, hombres y mujeres, donuts pequeños de chocolate.
Así que no te
extrañe, que a veces, cuando estés conmigo, parezca que no te escuche. Quizás
sólo te esté mirando.
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